miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertas

lunes, 5 de diciembre de 2016

Manuel Vicent: La muerte bebe en vaso largo

Resultado de imagen de la muerte bebe en vaso largoIdioma original: español
Año de publicación como libro: 1992
Valoración: Está bien


Mezcla de novela negra, sátira  y relato fantástico, esta novela tenía todas las papeletas para encontrarla más que disfrutable. Pero no ha sido así y, buscando una explicación, me entero de que se publicó en el diario El País, por entregas, con el título Domingo negro, antes de editarse en forma de libro. Es de suponer que fue escribiéndose a medida que se publicaba perdiendo, quizá, por el camino la posibilidad de reelaborar sobre la marcha, rectificando, enriqueciendo o limando lo que fuese menester. Ese sería el motivo de que haya quedado algo deslavazada, de que contenga los elementos necesarios para seducir a un gran número de lectores y no llegue a conseguirlo del todo. Con esto no estoy insinuando que la técnica del folletín suponga un lastre en todos los casos, ni mucho menos, todos conocemos ejemplos ilustres, pero creo que, para este en concreto, se trata de una explicación razonable.
Vicent nos conduce por calles, edificios y cloacas de Madrid, con gran habilidad descriptiva y un ritmo en apariencia trepidante, de la mano de personajes tan marginales, alocados y proteicos como podamos imaginar: tahúres, coristas, tenderos, aristócratas venidos a menos, profesores con doble vida, bingueras, mendigos, o empleados de tanatorio. Toda una nómina siniestra que evoluciona a su aire, entrando y saliendo del mundo de los  vivos con una libertad que llega a convertirse en rutinaria. Sin que el hecho de estar vivos o muertos tenga la menor importancia, este peculiar grupo busca tesoros, pone en marcha negocios, triunfa en los escenarios, seduce, conquista o perdona traiciones amorosas o se venga de ellas en fiel paralelismo con el mundo real.
Pero, por una parte, el simbolismo no acaba de quedar claro del todo, por otra, a un artefacto tan recargado como este, tan potente en potencia –valga la expresión –, con tal abundancia de significantes y que sin embargo se queda corto de significado, lo podríamos llamar rocambolesco.
Y es que hasta lo más sorprendente puede parecernos monótono si llega a convertirse en costumbre. Sobre todo en ausencia de elementos –emotividad, intriga, información novedosa, crítica o lo que sea– que conecten con la sensibilidad del lector. Porque, a pesar de los mil y un sucesos disparatados, ocurrencias varias y continuas vueltas de tuerca –o precisamente por ellos– lo encuentro un relato plano, con algunos (no muchos) destellos que se elevan (poco) por encima del resto.
La perspectiva que ofrece es muy negra, muy ácida y desencantada y se intenta compensar con un humor que a mí me parece fallido. Sus mayores logros residen, creo yo, en la capacidad fabuladora, la habilidad para construir recargadas escenografías que podríamos denominar fellinianas y un escepticismo que lo abarca todo.
Pero hasta el absurdo más completo ha de tener algo parecido a la coherencia, conducir a alguna parte aunque el lector solo intuya dónde, pues si se pierde por completo dejará de interesarle lo que ocurra a continuación y eso significa, o bien cerrar el libro, o bien como en mi caso, acabarlo a la fuerza.
El autor ha explicado en alguna entrevista que “esa novela parte de un hecho real, de un tipo que murió a mi lado. Y prácticamente todo el resto de cosas que suceden son elaboraciones de hechos reales.” Lo considera, por tanto, producto de la imaginación y no de la fantasía, que según él consiste en un juego cerebral carente de lógica, mucho más sencillo y que no le interesa para nada.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Iban Petit: Anotaciones circulares

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Está bien

Escribo esta reseña mientras suena de fondo el “Entresemana” de Le Mans, disco del año 1994 de una de las bandas, junto a La Buena Vida, Family, El Jóven Bryan o, más recientemente, AMA o Bassmatti & Vidaur, que en los ya lejanos 90 dieron lugar al denominado Donosti Sound, movimiento clave en la escena musical independiente en España.

Los primeros discos de estos grupos, en realidad Family solo publicó un disco (o más bien EL disco), eran discos de un pop minimalista, de letras naif con un fondo “tristón” sobre momentos de la vida cotidiana, casi postales o fotografías de esos momentos. Posteriormente estos grupos evolucionaron a instrumentaciones más complejas, letras más amargas, etc.

Todo esto viene a cuento porque Iban Petit comparte ciudad con estos grupos y porque “Anotaciones circulares” comparte, en su primera mitad, tono con esos discos como el “Entresemana” de Le Mans o el “Los mejores momentos” de La Buena Vida. Primera mitad del libro que podríamos resumir con ese comienzo de "Viaje a los sueños polares":
Cuando pesen demasiado la rutina, el trabajo y la vida en la ciudad, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta sensación de libertad. Hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto...
Y es que en ella nos encontramos con lo que parecería la típica historia de “chico conoce a chica”. El chico es Marcos, un oficinista treintañero, con una vida monótona pero con ganas de darle un giro de 180 grados. La chica es Allina, pintora, solitaria, la antítesis de Marcos. Surge el amor, de repente. Y hay baños en la playa, paseos, verano…Todo muy bucólico.

Para la segunda parte citaremos el "Qué nos va a pasar", de La Buena Vida. Porque algo pasa, Marcos y Allina se separan, pero...
Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy. Ahora que te vas, pediré perdón...
Mediado el libro, un suceso terrible rompe la historia. Esta se vuelve, como las letras de las canciones de los grupos que comentábamos, más amarga. Los recuerdos se mezclan con la realidad y lo que era una historia de amor más o menos convencional se convierte en una historia con un punto de intriga que Petit cierra con un complicado “triple salto mortal” del que consigue salir bien parado.

De donde no sale tan bien parado, en mi opinión, es del excesivo uso del lenguaje poético. Me da la impresión que Petit se maneja mejor en las frases breves, lacónicas, casi cortantes que emplea en buena parte del libro. Con estas consigue dar un tono lánguido y melancólico muy apropiado al relato, mientras que el exceso de metáforas poéticas resulta un tanto reiterativo y resta fluidez a la narración.

En cualquier caso, es el primer libro de Petit y de la editorial Expediciones Polares (por cierto, preciosa edición) y es un punto de partida mejorable en algunos aspectos, pero interesante.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Juan Cárdenas: Los estratos

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

El protagonista de Los estratos está casi siempre solo. Es el heredero de una empresa que se desmorona. Sus compañeros en el consejo de administración, compañeros generacionales de su padre, no hacen más que advertírselo: la compañía va de cabeza a la bancarrota. Pero él se mantiene impertérrito: evita esas comunicaciones, las atrasa, las elude, las achaca a reacciones histéricas. Y no hace nada: calcula los fondos que le quedan y los emplea en los asuntos más peregrinos, aquellos que decide sin pedir consejo ni encomendarse a nadie. Ni su esposa, ni sus acompañantes o amantes esporádicas. Tampoco tiene amigos, y sus contactos con la familia son curiosos y esporádicos. Acude a visitar a familiares menos favorecidos en lo económico y allí parece sentirse a gusto. Entre gente sencilla con existencias sencillas, entre comida exenta de sofisticación, entre charlas distendidas donde un familiar sicario relaciona los pormenores de su trabajo.

Y mantiene un recuerdo, la nana que le cuidó de pequeño, la que le contaba cuentos que calan en su memoria, obsesión que le llevará por los caminos más extraños: encargar su búsqueda a una psiquiatra reciclada en detective, aventurarse en una costosa búsqueda conradiana, episodio final del libro, relativo punto débil algo enajenado de una novela que es brillante y revela un autor inquieto y francamente eficaz en su escritura, una escritura entrecortada, carente de florituras y directa al grano.
Mientras conduzco enciendo la radio. Los locutores siguen con el tema de la lluvia y las inundaciones. Yo pienso en mi mujer. Quizás me confundí y era alguien que se le parecía mucho. El locutor ya no sabe cómo seguir exagerando, dice que el invierno deja imágenes escalofriantes. Se le acaban los adjetivos. Dantesco, dice.
Los estratos parece referirse a las distintas clases de la sociedad colombiana del pasado más reciente, y cierto es que nos encontramos de todo: la dominante, el poder, la pobreza que rodea y casi delimita los barrios, la gente que vive en las zonas de selva. El innombrado protagonista parece asistir a su funesto futuro con una desidia y una despreocupación absoluta. Ni siquiera cuando regresa a su casa y su mujer se ha esfumado parece registrar emoción, la misma que ha mostrado hacia amantes fijas y esporádicas.
Así comenzó la cosa. Ella me revolucionó. Me cuesta mucho hablar de esto, pero voy a intentar explicarlo: hasta ese día yo había tenido un trato más bien bovino con el cuerpo de las mujeres. Una cosa medio mojigata y burguesa. Ella no. Ella follaba como si fuera a morir al día siguiente.
Sin influencias obvias en lo estilístico, sin que en todo caso estas sean recientes (veo a Kafka y a Camus) en ese protagonista a la vez impávido y desinhibido, y a pesar de un recorrido final que pierde algo de fuelle, Los estratos, segunda novela, representa una excelente carta de presentación.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Albert Camus: Calígula

Idioma original: francés
Título original: Caligula
Año de publicación: 1.944
Valoración: Recomendable


Calígula, ese hombre. El emperador cuyas extravagancias no conocían límite, famoso por hacer correr la sangre de enemigos, hermanos, senadores y amantes con igual delectación (o tal vez desinterés). O por haber nombrado cónsul a su célebre caballo Incitatus (aunque no sé si llegó a hacerlo o fue sólo un amago). Calígula es el personaje histórico elegido por Albert Camus para trasponer algunas de sus ideas sobre el absurdo, ese ángulo del existencialismo cuyo estudio expone ampliamente en ‘El mito de Sísifo’. Dramatizar o novelar el pensamiento filosófico parece una opción interesante para facilitar su comprensión o su divulgación, como ya comprobamos por ejemplo en Unamuno o Sartre.

Cuando llega al poder, Calígula es un chico bastante joven que, según dicen los historiadores, comienza su mandato con buena mano. Pero en poco tiempo parece verse dominado por una especie de demencia y todo se convierte en el carrusel de disparates al que todos asociamos su nombre. Camus sitúa el principio de su obra justo después de la muerte de Drusila, hermana y amante del emperador, y sugiere que es esta desaparición la causa de su locura –aunque más tarde el propio personaje lo desmiente. En realidad, lo que parece haber ocurrido es que, durante unos breves días en que nadie sabe dónde está Calígula, éste ha tenido una especie de revelación. Puede que por efecto del duelo, o simplemente porque sí, ha adquirido conciencia de algunos de los principios que Camus pretende presentar: el sinsentido de buscar un porqué de la existencia, el dolor como mecanismo de liberación, la superación de todo límite (en su caso, el ejercicio del poder absoluto en sentido literal) en busca de la libertad. El emperador ha visto una luz, y se dirige hacia ella en una carrera decidida, aunque aparente ser enloquecida y caótica.

Por su parte, los nobles de Roma vieron seguramente en los primeros tiempos a un muchacho fácil de manipular –esto no lo dice Camus, pero lo leemos entre líneas. Sin embargo, se encuentran de pronto con un tipo que parece enajenado, se ha vuelto tiránico y caprichoso hasta extremos inimaginables y además utiliza razonamientos delirantes, sí, aunque bien trenzados. Así que los patricios ponen pronto en marcha una conspiración para terminar con el chiflado asesino. Tampoco les critiquemos: Calígula les humilla, les arrebata a sus mujeres, no tiene reparo en acabar con unos u otros en el momento más inesperado, y está arruinando a toda Roma.

No creo que sea el momento de entrar en los perfiles del pensamiento que Camus va colocando a lo largo de los sucesivos parlamentos entre los distintos personajes. Centrándonos en el punto de vista teatral, los cuadros escénicos del emperador con los senadores son –como no podía ser de otra manera- ásperos, crudos, siempre bajo la sombra de la guadaña imprevisible del tirano. Los conspiradores están decididos a acabar con él, y Calígula lo sabe, aunque no lo impide como podría. Y, no obstante la intensidad de la situación, esas voces integran de forma sumamente civilizada, racional, intercambios de ideas sólidas sobre la libertad, la búsqueda de lo imposible, la existencia finita del hombre frente a la permanencia del mundo.

Es probable que Calígula no esperase ser comprendido, pero algunos de sus enemigos (Escipión, a cuyo padre mandó matar, o Queneas, su más decidido oponente) demuestran entender sus razonamientos. Entretanto, otros personajes se mueven exclusivamente por interés, por conservar sus privilegios o vengar las afrentas sufridas, con lo que el colectivo se divide claramente en dos tipos bien diferenciados, en función de su grado de consciencia del absurdo, que es a donde el autor quiere realmente llegar.

Finalmente, se hace evidente que el mal no debe triunfar, que es necesario acabar con la degollina y el despropósito, pero quedan también perfectamente definidos los planos político y filosófico. Cada uno de ellos llevará su propio rumbo -claramente divergentes en el caso de Calígula, pero también por ejemplo en el de Queneas-, sin que exista interferencia entre ambos. Así, se deja ver cómo el mismo emperador va diseñando (o mejor, dejando campo libre a) su propio fin, que se precipita poco a poco en las últimas escenas, con un descacharrante concurso de poesía y el asesinato de… bueno, esto lo dejo a la curiosidad del lector.

Seguramente el dislocado proceder de Calígula carecía del impulso filosófico con que lo reviste Camus. Pero esta utilización del personaje genera una trama sólida, en apariencia sencilla, que no obstante ofrece un extenso campo para bucear en el pensamiento que el autor pone sobre la mesa. Y, desde el aspecto puramente literario, el libro resulta sobrio e intenso, y muy eficaz si lo contemplamos como obra teatral.

jueves, 1 de diciembre de 2016

James Carr & Archana Kumar: Hipster Hitler

Idioma: inglés
Título original: Hipster Hitler
Año de publicación: 2012
Valoración: divertido (e inquietante)


Como ya ha escrito alguien antes que yo (soy un cutre, lo sé, pero la idea es demasiado buena para no aprovecharla), Adolf Hitler, Führer del III Reich, fue un hipster avant-la-lettre... ¿Que no? Veamos: de joven, tras una etapa Ni-Ni, quiso ser artista y llevó un estilo de vida bohemio -por no decir clochard- en la capital del aún Imperio Austro-Húngaro, mientras la academia de Bellas Artes le rechazaba una y otra vez (algo muy hipster, también). adema´s, era vegetariano y cuidaba con esmero su vestimenta y corte de pelo, salvo en sus últimos días, que ya no estaba para nada... Y no le hacía ascos -más bien lo contrario- a las drogas de diseño y otros estimulantes. No sçesi le gustaba pasear en bici de piñón fijo, pero sí que he visto, para mi desdicha, alguna foto suya en pantalón corto, con unas bermudas estilo vintage. le gustaba el diseño gráfico y los eslóganes molones, aunque esa tarea se la dejase sobre todo a Goebbels, y se pasaba horas departiendo sobre arquitectura con su amigo Albert Speer... No sé si hacen falta más pruebas...

Algo así debieron de pensar los autores de estas historietas cuando pensaron en convertir al Führer en un hipster de nuestro tiempo (conservando el bigotillo, eso sí; no creo que le hubiese quedado bien la barborra lumberjack); ataviado con gafas de pasta y camisetas con lemas irónicos -Eva 4 Eva; I Love Juice; Back to the Führer...-, nuestro Hitl... uy, perdón por el plural: este particular Hitler bebe ceveza orgánica, juega con videojuegos vintage (es decir, pre-vintage), elige los uniformes para las SS o toma decisiones militares como si jugase al ajedrez chino para ser más multicultural. El Hitler hipster no invade Suiza porque en un país tan montañoso no puede circular en su fixie, propone una estrella de David invertida (sic) como símbolo anti-judío y en Navidad recibe la dickensiana visita de los dictadores del pasado, el presente y el futuro (éste resulta ser el viejo Kim Song Il o Song Il Kim o como sea). ¿Suena todo demasiado extravagante... quiero decir: bizarre? Quizás, pero pensemos que sí existen los llamados nipsters, neonazis tan preocupados de la exclusividad de su estética como de la pureza de la raza aria a la que creen pertenecer. Hay gente pa tó, que diría el clásico...

Hay que reconocer que estas historietas, dibujadas con un austero estilo infográfico, mueven más a la sonrisa irónica que a la carcajada -aunque haya momentos brillantes, como cuando Hitler zanja una discusión con Goering apelando a la Ley de Godwin-. Ello se debe, supongo , a las limitaciones creativas de sus autores, pero también, en gran medida, a la necesidad de dominar varios códigos de humor para entender los chistes: además de los juegos de palabras entre el  inglés y el alemán,se basan sobre todo en la confrontación de elementos de la subcultura hipster y los acontecimientos o circunstancias sucedidos durante el II Reich y la II Guerra Mundial. Incluso es necesario conocer un mínimo de la Historia de esa época para identificar a los personajes secundarios: Rommel, Goebbels, Goering, Eva Braun, Leni Riefenstahl...

Quizá ésta sea la mayor dificultad para disfrutar de las historietas; otra, no menos, pero de otro orden, consiste en saber hasta qué punto tenemos derecho a reírnos de una caricatura amable, después de todo, de un personaje real tan inequívocamente siniestro. Como es lógico, este escrúpulo no se me ha ocurrido sólo a mí: hubo asociaciones judías e incluso algún diputado británico que protestaron cuando salió este cómic, y tampoco es la primera vez que se plantean: recordemos que el propio Chaplin afirmó que no hubiera hecho El gran dictador de haber sabido cuáles serían los horrendos crímenes del III Reich. O, más recientemente, las polémicas acerca de la película La vida es bella o la novela alemana Ha vuelto. Las dudas, en cualquier caso, pueden multiplicaarse hasta la extenuación. ¿somos de alguna forma cómplices del nazismo por reírnos con estas historietas' ¿Seremos cómplices del terrorismo si nos hemos reído también con los sketches sobre ETA de Vaya semanita o con la divertida peli Cuatro leones? ¿Si nos mofamos de Hitler estamos también obligados a hacerlo de otros dictadores no menos sanguinarios, como Stalin, para no ser acusados de tendenciosos? Bien, yo no tengo respuesta a estas preguntas, excepto para la última: en Hipster Hitler también aparece un campechano y borrachín Broseph Stalin, así como hay apariciones estelares de Napoleón, Lenin, Mussolini y hasta Robert Mugabe.

Por otra parte, también se puede reflexionar sobre la actual banalización de estas figuras ominosas de la Historia, incluso sobre su conversión en iconos de la cultura pop dentro de la sociedad de consumo en que vivimos; al fin y al cabo, creo que es de eso de lo que trata este libro. Se llegue a la conclusión a la que se llegue, no está de más una reflexión sobre el tema ahora que parece que los nietos de los seguidores de Hitler vuelven a las andadas en buena parte de Europa. Pero, por desgracia, no de este Hitler hipster, sino del otro, del verdadero cabronazi.