lunes, 20 de febrero de 2017

Siegfried Lenz: Lección de alemán

Idioma original: alemán
Título original: Deutschstunde
Año de publicación: 1968
Valoración: está bien


Cuando uno empieza un libro de 500 páginas y ya en su inicio ve que el autor dedica media página en explicar cómo se dan la mano unos a otros en una reunión cualquiera, ve claramente que terminar el libro no será una tarea fácil. Aún así, la fama que precedía al libro y las buenas críticas oídas alentaban los deseos de leerlo y, además, predisponían a que gustara.

La novela se inicia con Siggi Jepsen, un joven internado en un centro correccional para jóvenes inadaptados al que le ponen como deberes una redacción sobre «Las alegrías del deber». El joven se vuelca con la tarea encomendada y no sólo cumple con el propósito de realizarla sino que pone especial esmero en hacerla, y en hacerla bien, cumpliendo así con el título de la propia redacción. El relato que el protagonista desarrolla sirve como pretexto para narrar una historia acontecida años atrás cuando su padre, policía local, recibe el encargo de notificar a un pintor vecino y amigo de la familia la prohibición de pintar basada en la supuesta peligrosidad de las ideas que podría plasmar sobre lienzo. A partir de ahí, el libro nos cuenta las estratagemas empleadas por el artista para seguir ejerciendo su oficio a pesar del veto, el empeño del policía en que se cumpla el decreto y la posición incómoda del joven Siggi al encontrarse en medio de un conflicto entre su padre y la amistad que tiene con el pintor. Esta situación causa múltiples tiranteces a lo largo de la historia que son explicadas desde el punto de vista del joven. Asimismo, se añade a este conflicto la aparición de un personaje del entorno familiar buscado por la policía por traición y fuga al que se intenta ocultar para evitar su captura. Éste es el escenario planteado por el autor, en resumidas cuentas.

De esta manera, se nos expone el argumento nuclear que el libro pretende tratar: el deber. Y lo hace a partir de tres puntos de vista: la prohibición al pintor, la necesidad de cumplir con sus obligaciones del padre y la posición intermedia del hijo a quien el padre le pide que haga de delator mientras el pintor le pide que le guarde las obras para evitar que sean destruidas. Con este planteamiento el autor nos relata una metáfora sobre lo sucedido en la época del dominio nazi. ¿Hasta qué punto debemos cuestionar la corrección de las acciones si ejecutarlas es lo que se espera de nosotros? ¿Debe prevalecer el cumplimiento de nuestras obligaciones cuando son más que cuestionables? ¿Debemos realizar aquello a lo que estamos obligados sin reparar en si es lo adecuado? El desarrollo de «las alegrías del deber» planea sobre toda la historia narrada al cuestionar si debemos ejecutar las tareas que se esperan de nosotros únicamente por sernos encomendadas, sin realizar un análisis, sin cuestionar la idoneidad sobre si llevarlas a cabo es nuestro deber. Ésta es la idea que planea a lo largo de la historia y sobre la cuál gira toda la narración. Así, el libro es un ejemplo de la censura, el miedo, las estratagemas y las fricciones entre libertades y prohibiciones.

En cuanto al estilo de la narración, cabe decir que no es fácil entrar en la lectura de este libro. Altamente descriptivo, con un desarrollo muy lento con párrafos donde la acción no avanza y donde el propio autor se dedica, no sólo a describir, sino también a hacer evidente que nos está detallando la acción. A medida que uno progresa en la lectura, tiene la sensación de irse apartando de la misma, perdiendo implicación. Esta sensación se mantiene durante gran parte del libro y, desgraciadamente, uno tiene que esperar hasta llegar a su último tercio para que finalmente la narración coja algo de impulso. Y es que hasta llegar a este punto, más allá de una historia con un buen planteamiento y trama, hay mucho texto, mucha descripción pero realmente poca acción, pasando por muchas páginas de idas y venidas y cierta reiteración en la idea principal. Afortunadamente, al llegar a la última parte, el libro aumenta su interés y mejora considerablemente.

La cuestión final, como lectores, más allá de la moralidad de lo planteado, es si el libro cumple con su cometido. Mi respuesta es que a medias. Para mí no es necesaria tanta prosa para tratar una idea simple en exposición pero compleja en justificación. Demasiado texto, excesiva descripción y desmesura en elementos sobrante para hacernos partícipes de tal planteamiento. Probablemente, alguien coetáneo al autor como, por ejemplo, Thomas Bernhard lo hubiera resuelto mejor y sin tanta palabrería. Aun así, es un libro que nos plantea un conflicto interesante y que, más allá de su ritmo lento, está escrito con gran habilidad utilizando una prosa que permite que su lectura sea fluida y del agrado de quienes busquen un libro bien escrito sin necesidad de que tenga un alto ritmo de narración.

domingo, 19 de febrero de 2017

Jorge Riechmann: Peces fuera del agua

Idioma original: español
Año de publicación: 2.016
Valoración: Se deja leer (pero hay que ser un poco generoso)


Alguna vez habrá que escribir una metaentrada sobre cómo y por qué elegimos los libros que leemos (hasta es posible que ya lo hayamos hecho, pero la verdad, no me he molestado en indagar). En el caso particular, este libro estaba bien situado en un expositor donde suelen colocar títulos recientes e interesantes. Me fío bastante de ese expositor en concreto, me decidí a echarle un vistazo y, en efecto, lo que vi me resultó atractivo. Parecía un libro atípico: un señor que yo no conocía en absoluto escribía cosas en cortos párrafos separados por encabezamientos (no encabezados) en negrita y en minúsculas, en un vistazo muy rápido se veían comentarios acerca de la sociedad actual, el capitalismo, el medio ambiente. Tenía pinta de transgresor, de diferente.

Y la verdad es que esa impresión de la primera ojeada responde bastante a lo que uno se encuentra cuando lee, ya en casita y con más o menos tranquilidad, ‘Peces fuera del agua’. Nada más empezar nos encontramos con unas cuantas páginas con citas de intelectuales, activistas, eruditos, blogueros y articulistas sobre cosas muy actuales, algunas de cierto calado filosófico o sociológico, otras son más bien ocurrencias, reinterpretaciones, también algunos datos objetivos sobre nuestra civilización, un poco de todo.

Terminan las citas pero el esquema general continúa. Ahora es el propio Riechmann el que va tocando asuntos diversos, la mayor parte de las veces apoyado en textos o reflexiones de otros autores, algunos célebres (no sé, desde Tucídides o Max Weber, hasta Terry Eagleton o Lewis Mumford, a quien tendremos en ULAD dentro de poco), y otros perfectamente desconocidos para los que somos ajenos al mundillo del pensamiento. Las referencias son amplísimas, a veces de otros libros, revistas, mails privados, artículos de prensa, blogs, de todo. A veces parece que estemos leyendo un híbrido entre diario y libro de citas: hoy leo un libro y comento un párrafo, mañana es un correo que me manda un colega, otro día lanzo una idea que se me ocurre.

Bueno, y ¿de qué habla ‘Peces fuera del agua’? Pues, dado el formato, como digo, de casi todo lo divino y o humano. Si tomamos como idea principal del libro la que más se repite, diríamos que anuncia nada menos que el fin de la civilización, el ‘ecocidio’ y el genocidio que tendrán lugar en la segunda mitad del siglo XXI (‘el siglo de la Gran Prueba’), el colapso de la sociedad industrial, el agotamiento final de las fuentes de energía, todo ello causado por el ‘tanatocapitalismo’ global digital financiarizado -por resumir un poco. Esta línea de pensamiento se repite cada pocas páginas, a veces más enfocado desde el punto de vista ecológico, otras desde una perspectiva más política (Riechmann tampoco se corta definiéndose como anticapitalista, ecosocialista, ecofeminista y animalista). Ilustro la cuestión con un ejemplo que también se repite varias veces: cuenta el autor que –se supone que conceptualmente- el Titanic ya estaba hundido antes incluso de avistar el iceberg, y lo mismo nos pasa a nosotros: la catástrofe es ya inevitable, pero aun así debemos luchar por minimizar los daños en lo posible. Mucho, eh?

Alrededor de esta negra visión se arremolinan mil y un reflexiones sobre temas más o menos conexos: la degradación de la democracia, la tecnociencia, datos acerca de la destrucción de la naturaleza, la desigualdad, el consumismo. Vamos, que no rezuma optimismo la lectura, lo cual tiene bastante lógica si tenemos en cuenta que don Jorge considera al ser humano un ‘simio averiado’ –concepto también reiterado en unas cuantas ocasiones. En un tercer círculo encontramos a su vez reflexiones sobre temas digamos más habituales en el ámbito de la filosofía y el pensamiento: la razón, el autoengaño, el poder de la lucha… En esta zona, Riechmann se muestra más pausado, aunque sin abandonar una cierta acidez irónica que, a fuerza de impregnar todo el texto, acaba resultando un poco cansina.

Y la verdad es que entre esta acumulación de fragmentos de pensamiento y pequeñas explosiones pasadas por el tamiz del ingenio hay algunas cosas que no dejan de tener su interés, y hasta algunos pasajes brillantes (el valor de la poesía, o un divertido párrafo en el que reúne a Sade, Nietzsche y Rimbaud). Aunque también hallamos algunos comentarios que merecen calificarse directamente de majaderías. 

El problema es que las casi 350 páginas se convierten en un muestrario más o menos aleatorio de erudición –y que se note- mezclada con ocurrencias, aforismos y apuntes, un paisaje ideológico abierto y bastante deprimente que nunca termina de constituir un cuerpo teórico coherente. Seguramente, uno es demasiado clásico como para saber apreciar el valor de esta pléyade de sentencias dispersas, pero me da la impresión de que el libro, pese a recurrir a montones de argumentos de autoridad, acaba pareciendo una interminable sucesión de tuits: y con ese formato, pese a que entre ellos encontremos algunas ideas valiosas, el conjunto termina siendo perfectamente prescindible.


sábado, 18 de febrero de 2017

E.L. Doctorow: Cómo todo acabó y volvió a empezar

Idioma original: Inglés
Título original: Welcome to Hard Times
Traducción: Antoni Pigrau
Año de publicación: 1960
Valoración: Muy recomendable

¿Cómo es posible que haya estado tantos años sin haber leído nada de E.L. Doctorow? Me entran ganas de ceñirme un cilicio al cuerpo y no quitármelo hasta que lea su obra completa. Pero tampoco seamos tan dramáticos. Somos jóvenes y tiempo habrá de volver a leer a Doctorow.

Todo esto viene al caso porque este "Cómo todo acabó y volvió a empezar" (por cierto, imperdonable no haber respetado el título original) ha sido mi primer libro del estadounidense y he de admitir que ha sido todo un descubrimiento, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de la primera novela del autor, escrita con menos de 30 años.

Pero, ¿a qué viene tanto entusiasmo?

Se trata de una novela del Oeste, ambientada en los primeros tiempos de la colonización, que rompe con los tópicos del género, sobre todo con los que desde el cine nos han hecho llegar y que forman parte de nuestro imaginario colectivo. Aquí no hay indios de pacotilla ni valientes vaqueros ni heroicos pioneros. Lo que hay son un puñado de personajes bien construidos que, con sus contradicciones, resultan sumamente creíbles.

Se trata, además, de una novela ágil, entretenida y de fácil lectura. Y, pese a esta fácil lectura, es una novela en la que la poética del desierto, de los espacios abiertos, está muy presente. Uno, por un lado, siente la inmensidad de la llanura, el frío, el polvo. Por otro lado, también percibe el miedo, la soledad, la angustia de los protagonistas.

Vale, y ¿de qué trata la novela?

Trata de la caída, auge y caída de Hard Times, una pequeña población en medio de la nada. Pero, sobre todo, de la cobardía, de la esperanza, de la carga del pasado y de la búsqueda de una posible redención.

Pero eso es casi lo de menos porque, como casi siempre, lo que importa no es tanto el qué sino el cómo. Y, en este caso, cómo nos cuenta Doctorow la historia de Hard Times y de sus habitantes es una maravilla.

También de E.L. Doctorow en ULAD: Homer y Langley, Billy Bathgate, Todo el tiempo del mundo

viernes, 17 de febrero de 2017

Chimamanda Ngozi Adichie: Todos deberíamos ser feministas

Idioma original: inglés
Título original: We Should All Be Feminists
Año de publicación: 2015
Traducción: Javier Calvo
Valoración: muy recomendable

Disculpadme. Cincuenta páginas que se leen en media hora también son un libro. O vamos a hablar de promedios, 300 páginas o así, y si aplicáramos proporciones la TochoWeek hubiera sido TochoMonth, con una semana por reseña y al amigo Koldo CF su aventura con Proust le hubiera reportado un mes de omnipresencia aquí.

Debo decir, además, que no suelo estar muy de acuerdo con los inventos editoriales consistentes en el aprovechamiento de obras de escritores de éxito. Por ejemplo, no comprendo el revuelo de Esto es agua de David Foster Wallace, un texto que si destaca por algo dentro de la obra del autor es por su sencillez y asequibilidad (ergo: no es representativo).

Pero debo saltarme un poco estos prejuicios con Todos deberíamos ser feministas. Primero, porque Ngozi Adichie, solamente 39 años cuando escribo esto, aún no es una escritora absolutamente consagrada. Empieza a sonar con mucha insistencia hace un par de años y la gente de Mondadori empieza a recuperar sus escritos, pero es, de momento, una autora que empieza a ser difundida. Segundo, porque el texto que nos ocupa cuenta con su beneplácito; más aún, es una adaptación de un discurso en una de esas charlas TED que tanto movilizan a la gente de ciertos ámbitos (intelectualidad alternativa, ejem). Y tercero, porque desde el título hasta las intenciones, y provocadores de polémicas varias desde los comentarios anónimos vayan preparando los trastos de matar, no pueden ser más certeros y sus intenciones más inapelablemente loables. Ngozi Adichie adopta un tono coloquial, directo, una exposición muy poco dada a lo científico o a lo intrincado, y desgrana ejemplos de sus vicisitudes como mujer y escritora en una sociedad, la de Nigeria, su país de origen, cargada de preconcepciones y tradiciones de arraigo sexista, pero también en la de Estados Unidos, su país de adopción. Detallar las amenas anécdotas que sazonan el texto sería sencillo. Todas ellas de una cotidianidad pasmosa, pero también de un calado en el lector que deja huella. Puede que se trate de un texto menor y puede que se trate de una anécdota dentro de una obra más panorámica y ambiciosa, pero merece la pena su lectura, un análisis de su mensaje, y su posterior interiorización y asimilación. Aunque sea para que nos demos cuenta de que hay mucho camino por recorrer. 

Y ahora, presentada la autora, vamos a responder por fin, la llamada desde mis estantes de pendientes que, hace un par de años, lleva haciéndome Americanah.

jueves, 16 de febrero de 2017

Markus Orths: La camarera

Idioma original: alemán
Título original: Das Zimmermädchen
Año de publicación: 2008
Traducción: Mª José Díez Pérez
Valoración: está bien (creo)

Si hacemos caso a este magnífico blog en el que ahora escribo (y debemos hacerle caso SIEMPRE), Markus Orths puede ser un escritor descacharrante, perteneciente a ese ¿sorprendente? combo de escritores alemanes de humor que rondan la cincuentena -por citar tan sólo algunos reseñados aquí: David SafierTimun Vermes o el algo más joven Soboczynski- y que en los últimos tiempos se han ido publicando también en castellano. Bien, como hasta ahora yo no había leído nada de este caballero, no dudo de que sea la monda si se lo propone. Pero también tengo claro que en esta novela corta, La camarera, no pretendía serlo, de ninguna manera; muy al contrario, el efecto que produce en el lector este libro es de bastante tristeza e incluso no poco desasosiego.

La protagonista es una mujer joven, Lynn Zapatek, que sale de una clínica psiquiátrica donde ha estado recluida seis meses -no se nos dice por qué, pero enseguida nos queda claro que sin duda se debió a una causa más que justificada- y ante su falta de fondos y su forma obsesiva de dedicarse a la limpieza doméstica, decide dedicarse a una actividad laboral acorde con sus "cualidades": limpiar habitaciones en un hotel (algún indicio nos puede hacer suponer que también es a lo que se dedicaba o al menos en algún momento, antes de su ingreso en la clínica, aunque eso no tiene la menor importancia para el desarrollo de la historia). En ese trabajo, Lynn disfruta como una loca... eeh... perdón, quiero decir que su dedicación obsesiva al mismo (y hay que emplear la palabra OBSESIÓN con mayúsculas), combinada con la contemplación -por no decir inspección o registro- de los enseres de los clientes del hotel, lo que le permite elucubrar sobre sus personas y vidas, le proporcionan un "relleno" de su tiempo tranquilizador para su psique, preocupantemente escorada hacia el autoextrañamiento y el vacío existencial. Ahora bien, como cabe adivinar, inmiscuirse de estrangis en las vidas ajenas tiene su complicaciones, cuando se pasas ciertos límites... que no voy a desvelar aquí, tranquilos.

La novela, pese a su brevedad -en realidad es poco más que un relato o cuento largo-, o quizá por eso mismo, resulta de lo más intensa, impresión a la que contribuye, sin duda, un estilo pulcro, conciso pero certero, además, claro está, las características de la propia historia que nos cuenta. Cierto es que el autor también se podía haber decidido a tirar por alguno de los caminos que la historia abre o apunta; algunos recuerdan el trabajo de la fotógrafa y escritora Sophie Calle, por ejemplo. También, en algún aspecto, la novela de Sara Mesa Cicatriz (aunque en todo caso sería al revés, pues ésta es posterior a la que comentamos hoy): en La camarera asistimos de igual manera a cómo un personaje femenino se deja arrastrar por un comportamiento que se convierte en claramente peligroso o al menos pernicioso para ella misma. Aunque si el de la protagonista de esta novela tiene como causa un trastorno mental, la de Cicatriz se deja llevar por el delirio ajeno tan sólo porque le falta un hervor, o eso parece... En fin, por último, la Lynn de Orths también puede considerarse, aunque no se exprese de forma explícita, como un espejo en el que se refleja la alienación de las vidas contemporáneas en el mundo desarrollado, aunque el escritor tampoco insista mucho en este punto; puede que con dejar alguna que otra pincelada indirecta resulte suficiente...

La mayor pega que se le puede poner a La camarera, creo yo, es precisamente que en el momento en el que uno está más inmerso y hasta casi subyugado por la historia, es cuando se acerca su fin, de forma que cuando llega, aun sin que sea de manera brusca o inesperada, deja cierto regusto a interrupción, a que nos han dejado sin postre... (al menos, esa fue mi sensación que, por supuesto, es ante todo subjetiva). De ahí también lo complicado de entrar a valorarla: si ya me supone, en ocasiones, una tarea ardua, con libros como éste la cosa se pone peliaguda: un "está bien" quizás sea excesivo para una novela que me ha dejado con la miel en los labios, pero un "se deja leer" y no digamos un "decepcionante" serían de toda manera injustos. Bueno, pese a lo afirmado en la primera frase de la reseña, está claro que no se puede acertar siempre... que quien quiera lea el libro y se haga su propia idea; al fin y al cabo, ésta es siempre la más fiable de todas.


Otros títulos de Markus Orths reseñados en Un Libro Al Día: La sala de profesores



miércoles, 15 de febrero de 2017

Ray Loriga: Ya sólo habla de amor


Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: exasperante

Pedía la multitud: variedad en las valoraciones. 
Digo yo: podemos elegir entre toda la porquería que se publica. Pero es que hay autores que son toda una garantía.


Raylorigafacts #4. Niuyorkear, verbo que Loriga estaría encantado de haber creado si no sonara a palabra inventada para un anuncio de snacks.

Raylorigafacts #5. Oído a Christina Rosenvinge (antes del divorcio) en un desayuno con amigas en una cafetería mega chic en la planta setentaynosécuantos: "La manía esa de Ray de acostarse sin haberse aclarado el pelo de los potingues que se mete. Lo poco que gano en un disco se me va en lavar fundas de almohada." Dijo. "Estoy fatal." Añadió.
Raylorigafacts #6. Dijo una vez: "Ahora (no es esta) he escrito una novela juvenil porque necesitaba dinero."

¿Ahora?

Uno de los problemas de Loriga: su incapacidad para que sus libros le dejen atrás como personaje, y de darse cuenta de que repetirse con fruición no es crear un universo propio. Que parece que el narrador tenga que ser el tipo con las sempiternas Rayban con cristal forma de pera y barbita fumanchú. Porque observo que de forma desapercibida sus libros van publicándose, ya tenemos una pila (para escribir esta reseña-bajo-demanda he tomado los tres que había en la biblioteca y me he decantado por el que tenía una frase más positiva de todo un NY Times: "Loriga es la estrella del rock de las letras europeas" - ¡ja!) y hay que preguntarse por qué. Wonder why
Cómo posa el tío en las fotos, por eso. Fuma. Se tatúa desde antes de que fuera moda y lleva anillotes con calaveras que pesan lo suyo. Gusta de fotografiarse con pose inclinada con algún callejón de mala muerte al fondo, pero luego escribe en un reluciente Mac de 3.500 euros, que tiene en un rincón preferente e impoluto del salón, como diciendo "esto me lo he comprado con el fruto de mi talento". No. "Con la sangre que brota directamente desde mis sienes al papel". 
Pero lo cierto es que Loriga escribe como Javier Marías en pleno ataque de hemorroides. Su novela hace aguas por todas partes. Ésta, y me temo que ya voy convenciéndome de que todas. La manía de crear personajes literalmente inexistibles. Sorry about the word. La cuestión de esa separación suya entre párrafos donde acaba aislando siempre el peor de todos, dos líneas grandilocuentes, para que luzcan. La insoportable auto-adulación fruto de su obvio buen gusto para las referencias y su terrible decisión de que, si Kafka, Walser o Joyce pudieron hacerlo, qué tienen ellos que no tenga yo. Terrible porque parece haber enredado a alguien, algún directivo de importante editorial que supongo que decidió firmarle un contrato prolongado justo antes de la crisis. Qué otra explicación cabe. 
La mencionada elección de los personajes trasuntos de sí mismo. El de esta novela es Sebastián, un traductor crítico e inédito de poesía que acaba de pasar por un divorcio y se inventa un alter-ego que es un jugador de polo argentino (¿eeeehhh?). Que le hace compañía, pero no tanta, porque no existe. Joder, la cosa empieza a liarse.
Entonces lo de la trama. O lo que se deduce que puede definirse como tal de entre ese amasijo de verborrea pretenciosa e incomprensible. Parece que el hombre arrastra el trauma del divorcio, que le ha acarreado pérdida de prestigio y de otras cosas. Habla de un contable en algún momento. Acude a una recepción en una embajada y todo lo que le rodea es un oropel del que él pretende prescindir. Se pasa cien páginas muy joyceanas dudando sobre sacar a bailar a una moza. No nos hagamos ilusiones de conocer los motivos. Inicia un diálogo con Christian, un suizo que parece pretender a la misma moza y le pide permiso para abordarla. Y él duda y se somete a cábalas sin fin y para eso necesita casi 200 páginas. Así que no le exijamos coherencia a este ejercicio. Porque encima Loriga tiene una peculiaridad curiosa; cada vez que parece que el libro se va a hacer legible, que algo empieza a fluir, lo estropea de alguna manera volviendo a recargar los párrafos y a complicar sus mensajes. Un criterio muy discutible, el suyo, y ya cuando chocamos con el criterio, mal vamos: parece que Loriga se guste más a sí mismo cuanto más insoportable es para quien lo lee.
Ya con estos precedentes invocar cuestiones de mayor calado para el lector exigente como ritmo, estructura, interés de la temática, trascendencia de la historia y otras chorradillas... mejor pasemos de puntillas sobre ello. 
Porque lo peor de esta lectura es su desprecio total por lo que pueda pensar el lector. Un desprecio que no tiene pizca de gracia. Hasta libros infumables por ligeros tienen momentos en que su autor claudica y demuestra sus limitaciones. Para mi desesperación, Ray Loriga no cede en su propósito de enlazar una tras otra frase cargada sin otra finalidad que llenar espacio. Y se hunde irremisiblemente en el fango. Aunque este libro parezca responder a un íntimo proceso catártico para superar su propia situación personal, cuestión que en otras circunstancias ha aportado grandes obras, aquí nada justifica este desastre absoluto, que no merecería trascender del disco duro o el cajón de un narciso onanista. Lo siento, pero hasta nunca, Ray.

También de Ray Loriga en ULAD: El hombre que inventó Manhattan, Héroes

martes, 14 de febrero de 2017

Colaboración: Las transiciones de Vicente Valero

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Cuando Vicente Valero (Ibiza, 1963) se viste de narrador sigue ejerciendo de poeta.  Por la cadencia de sus relatos, por las atmósferas que van envolviendo al lector, por la ligereza en la que parece flotar lo contado, como si los acontecimientos fuesen apenas un rasgo anecdótico de los personajes. Y por la coherencia y precisión del lenguaje; pareciera que en Las transiciones importase más la manera -cómo se nos cuenta- que lo contado en sí; en apariencia un puñado de anécdotas de final de infancia e inicio de juventud de un grupo de compañeros de colegio y amigos.

En realidad, se trata de una sutil y perspicaz crónica de un momento histórico en que las mentalidades, los modos de vida, las maneras de ejercer el poder mutaron y pasaron de una generación a otra de manera fulminante, profunda e irreversible. También en una pequeña ciudad, portuaria e insular, conservadora y levítica, plácida y amable, de la España de los años 70 del siglo pasado como es la Ibiza escenario de estas transiciones.

“…el destino de la isla cambió de manos en sólo unos meses y sin necesidad de hacerlo más allá de las paredes de aquel casino provinciano, simplemente pasó de los vetustos salones con sofás y butacas de terciopelo, donde se llevaba siempre corbata o uniforme, se hablaba en voz baja y con gesto serio, se bebía té o café con leche, hasta la barra del bar donde se vestía de manera informal, se estaba de pie, se jugaba a los dados, a menudo vociferando, y se bebía siempre el mismo whisky escocés.” (p.105)

Bien, es cierto, quizás la transformación no fuese tan profunda; el poder sí cambió de manos, que no de apellidos.

La brevedad, apenas poco más de cien páginas, ayuda a darle al relato ese aire de evocación, de historia susurrada al oído, de confidencia compartida. Como también los diferentes momentos cronológicos, hasta tres distintos, en los que se articula; el autor que escribe ahora sobre un suceso ocurrido hace veinte años que le incitó a recuperar los recuerdos compartidos con los compañeros con los que cruzó de la infancia a la juventud, otros veinte años atrás: “Cuando uno abre la puerta a los recuerdos, sobreviene un torrente de imágenes que acaba por desbordarse, y yo estaba en aquel momento y en aquel lugar…” (página 18).

De manera que Las transiciones es una composición con trazos de hitos históricos y de recuerdos personales, de adultos obtusos y temibles pero también resignados y condescendientes, de pinceladas de primeros amores y sustos y miedos, del descubrimiento de la complicidad y de la agresividad, del erotismo y de las drogas, de la frustración, la sospecha, las desapariciones, los olvidos. Es decir, la materia -en este lugar y aquel momento- con la que nos tocó a los benditos del baby boom crecer, formarnos, vivir.

Firmado: Carlos Ciprés