domingo, 23 de abril de 2017

Margaret Atwood: El cuento de la criada

Idioma original: inglés
Título original: The Handmaid's Tale
Año de publicación: 1985
Traducción: Elsa Mateo Blanco
Valoración: muy recomendable

Si consultan ustedes cualquier otra reseña de este libro (¡pero no lo hagan! ¡Sólo ULAD ofrece garantía y satisfacción máximas!), se encontrarán, seguramente, con que esta novela se alinea junto a otras dos famosas y espeluznantes distopías, y sin desmerecer nada de ellas: 1984, de Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Sí, lo sé, parecen las dos novelas más obvias a la hora de comparar otra de este tipo "distópico-pesadillesco", pero, por esta vez, nuestra "competencia" tiene toda la razón: El cuento de la criada no sólo se encuadra a la perfección junto a las otras dos sino que además, insisto, no les va a la zaga ni en su carácter ominoso ni, por supuesto, en calidad literaria. Con la peculiaridad de que en ésta, la indignidad inherente a la sociedad alternativa creada por Margaret Atwood la sufren,  casi en exclusiva, las mujeres, y dentro de este género, sobre todo un grupo de ellas: las llamadas "criadas".

Me explico: en la novela, tras un golpe de Estado una facción de fanáticos y misóginos -más "bíblicos", seguidores del Antiguo Testamento, que propiamente cristianos, aclaro- han tomado el poder en Estados Unidos o al menos una parte de éstos (¡cómo si fuera posible que los fanáticos religiosos y los misóginos llegaran al poder en EEUU, ¿verdad?!), estableciendo una sociedad rígidamente estratificada y jerarquizada, en la que los hombres ostentan el poder -al menos en apariencia- y las mujeres quedan divididas en varios sub-grupos, según su posición y "función social": las Esposas -de los mandamases, pues los ciudadanos corrientes y molientes disponen de una variante conocida como Econoesposas (sic)-, las Marthas, que son las criadas propiamente dichas, y estas llamadas Criadas quienes, a pesar de tal apelativo y de que cumplen alguna tareas doméstica -ir a la compra-, se encargan en realidad de otra bien distinta: concebir y gestar a los hijos de los mandatarios. Porque resulta que en ese mundo "pasado-futuro", la contaminación, la radiación nuclear o lo que sea -o todo junto- han provocado que la esterilidad sea la norma casi general entre el género humano (sí, lo sé, esto recuerda a otra distopía, Hijos de hombres... sólo que la de Atwood es anterior a la novela de P. D. James...), por lo que la clase dirigente de esa sociedad, conocida como república de Gilead, recurre a las mujeres aún fértiles, que deben copular con los hombres a los que son asignadas hasta quedar embarazadas. Estas "gestadoras" no son propiamente amanes ni concubinas; en realidad, todo este arreglo es casi asexual (excepto el momento del acto en sí, claro), y son consideradas poco menos que cosas, meros vientres alojadores de óvulos. Viven en una casi reclusión muy reglamentada y vigilada, son obligadas a llevar ropajes amplios de color rojo con unas tocas que les impiden la visión general (imagen, por cierto, que se ha convertido en un icono feminista, creo, al menos en Norteamérica)y por no tener, no tienen derecho ni a conservar su nombre anterior, sino que se les llama por el del hombre al que han sido asignadas (vamos, como si existiese algún lugar en el mundo donde las mujeres careciesen de derechos y tuviesen que ir completamente tapadas... ¡qué imaginación la de la autora!). Y todo, bajo el miedo de acabar convertidas en No Mujeres, aquéllas que no casan en ninguna de las categorías anteriores y que al parecer son enviadas a un lugar desolado... o algo peor aún (en realidad, también hay otra clase de mujeres, pero no he de adelantar acontecimientos...).

Claro, que  lo mismo que el musgo se agarra a la más estrecha grieta de un muro de hormigón o un rastrojo puede crecer en medio de un campo de soja transgénica, la disidencia y la resiliencia (como se dice ahora) de las personas es capaz de encontrar un hueco donde anidar y prosperar. El "factor humano", que diría Graham Greene (por no hablar de la corrupción y la disipación, algo también de lo más humano y que incluso podría considerase como una forma de disidencia...). En este caso, encarnado en la protagonista, Defred -es decir "de Fred", que nos ofrece una lección no sólo de como aguantar en las peores circunstancias, las más humillantes y desesperanzadoras, sino además, una reivindicación de la ficción y la palabra -es decir, a la literatura-, como elemento de resistencia. Palabra escrita que, huelga decirlo, le está vedada a las Criadas y, de hecho, a todas las mujeres.

La novela, por supuesto, puede (y debe, quizás) ser leída en clave feminista; de hecho, Atwood se cuidó mucho de que todas las vicisitudes , por no decir perrerías,  que se les hace pasar a las Criadas, las hubiesen sufrido en algún momento y lugar reales, otras mujeres. Pero también es una crítica descarnada de cualquier régimen totalitario, ya sea teocrático (no olvidemos cuando se publicó, a los pocos años de la revolución islámica en Irán), socialista, paramilitar o todo junto... No obstante (y aquí me meto en terrenos movedizos, por desconocidos para mí), también se puede deducir de algún momento concreto, y del tono general de la novela, una crítica hacia algunas corrientes feministas que sacralizan en extremo el rol maternal de las mujeres. En fin, doctores o doctoras tiene la Iglesia para decidir si tengo razón; lo que importa, en todo caso, es que nos hayamos ante una grandísima novela, una narración magníficamente escrita, de dentro afuera y de fuera hacia dentro, y dosificada con sabiduría; capaz de angustiarnos como pocas -sobre todo durante el primer tercio del libro- a poca empatía que sintamos hacia su protagonista, una historia que nos es posible que deje indiferente a nadie y cuyo recuerdo, sin duda, será imborrable para cualquier amante de la literatura, sea mujer u hombre. Porque aquí nos encontramos con literatura de alto octaneje; con una obra que, si no resulta imprescindible, bordea ese calificativo. Y muy de cerca...



Otros libros de Margaret Atwood reseñados en Un Libro Al Día: Oryx y CrakeÉrase una vez, El asesino ciego, Doña OráculoPor último, el corazón

sábado, 22 de abril de 2017

Arthur Conan Doyle: Cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: Tales of the Unease
Valoración: Recomendable
Año de publicación: como relatos sueltos, en fechas diversas entre 1883 y 1922
Valoración: recomendable

Arthur Conan Doyle es, para la mayor parte de los mortales, sinónimo de Sherlock Holmes: son los relatos sobre su detective excéntrico y brillante los que le han asegurado la fama póstuma. Sin embargo, Conan Doyle era un hombre de muchos intereses y habilidades, y su producción es amplia y variada: poesía de guerra, relatos policiacos, novelas históricas, panfletos, ensayos... Además de todo esto era también, como muchos de sus contemporáneos (incluida la propia reina Victoria de Inglaterra), aficionado al ocultismo y al espiritismo, temas a los que dedicó una buena docena de obras de mayor o menor enjundia. Así que no sorprende que también escribiera una serie de relatos de terror, publicados en diversas revistas a lo largo de casi cuarenta años, y que Penguin ha recopilado, al menos parcialmente, con el título de Tales of Unease (algo así como "cuentos que causan inquietud").

Para el lector de los relatos policiacos de Conan Doyle, y también para el lector habitual de relatos de terror, esta colección contiene algunas sorpresas agradables. Así, por ejemplo, tenemos el relato "El lote 249", que es uno de los primeros, si no el primero, en el que aparece una momia revivida como elemento terrorífico; "La mano marrón", que es un clásico cuento de fantasmas con un título un pelín racista; "El horror de las alturas", que recuerda un poco a Lovecraft aunque sin llegar a desarrollar toda su mitología, o "El terror de la sima de Blue John", que bien podría haber inspirado las películas de la serie The descent.

Algunas de estas historias recurren a trucos bien conocidos del género, como el manuscrito encontrado o el juego de espejos entre terror y locura, y no todos se leen con igual placer (algunas de estas historias, hoy, en el siglo XXI, suenan ya muy sabidas), pero en otras, como en "El fiasco de Los Amigos" hay un sentido del humor irónico que recuerda a los relatos de terror de Ambrose Bierce.

Sin embargo, mis cuentos favoritos de la colección no son precisamente los sobrenaturales, sino aquellos en los que la inquietud proviene de la propia crueldad humana: de los trucos, engaños y torturas que somos capaces de producirnos los unos a los otros por ambición, envidia, celos o avaricia. A este grupo pertenecen "La nueva catacumba" (que quizás es demasiado obvio en su final); "El gato de Brasil", con un ambiente de locura opresiva casi digna de Poe; o mi favorito, "El caso de Lady Sannox", un cuento con un final retorcido que hace que nos preguntemos qué tenía dentro de la cabeza el bueno de Conan Doyle.

En conjunto, esta colección de relatos de terror no desmerece en absoluto a otras colecciones semejantes de autores más asentados en el género. Es cierto que la relevancia mundial de Sherlock Holmes ha eclipsado el resto de la obra de Conan Doyle, y hasta cierto punto es justo, ya que consiguió crear uno de los personajes más icónicos de la literatura universal, de esos que son reconocibles solo con ver su silueta. Pero merece la pena darle una oportunidad a sus otros libros. A veces uno se lleva sorpresas agradables.

viernes, 21 de abril de 2017

Fred Vargas: La tercera virgen

Resultado de imagen de la tercera virgenIdioma original: francés
Título original: Dans les bois éternels
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable


Hilvanar una trama coherente en la que no quede ni un solo cabo suelto parece el requisito fundamental en toda novela negra que aspire a tener algún peso. No hay que olvidar tampoco -y Vargas lo tiene muy presente- la originalidad, el sello personal, la necesidad de desprenderse de esos clichés que alguna vez demostraron su eficacia y ahora solo aburren. Este es el mayor mérito adjudicado generalmente a la autora y justo es reconocérselo, pero en literatura cualquier recurso, por muy bien que funcione, se vuelve inconsistente o tedioso cuando el autor se excede en su uso. Fred Vargas es conocida por su habilidad para poner en marcha un complejo entramado detectivesco con solo un par de pistas peregrinas, lo que evidencia su gran imaginación y su indiscutible personalidad literaria, pero también da lugar a que algunas tramas suyas parezcan más castillos en el aire que sólidas argumentaciones encaminadas a averiguar la autoría de un crimen. En esta novela, el hilo utilizado para que la investigación avance es un poco menos tenue que en otras, quizá no al principio, pero acaba quedando bastante afianzado a medida que progresa la acción.
Esta forma algo caprichosa de enfocar los casos se debe a la inteligencia intuitiva, errática y más bien arbitraria del célebre comisario Adamsberg, protagonista de la mayor parte de las novelas de Fred Vargas y tan peculiar como exigen los cánones. Lo que añade interés y credibilidad a sus investigaciones es que las realiza en equipo, que se equivoca más de una vez como cualquier hijo de vecino y que, a consecuencia de esto, abandona unas rutas y emprende otras nuevas. Esto añade complejidad y verosimilitud convirtiendo La tercera virgen en un artefacto interesante.
Personalmente, prefiero esas maquinarias potentes que se ponen en marcha sin intervención de mediadores como ocurre en Vestido de novia, o las que contienen algún tipo de crítica social al estilo de Out o de Antes de que hiele. El puro acertijo policíaco, sin más trascendencia, no suele interesarme mucho, pero este edificio -por mucho que lo veamos tambalearse a lo largo de gran parte de sus páginas- acaba resultando bastante sólido, las justificaciones de índole psiquiátrica y esotérica resultan convincentes a última hora y la red de relaciones que se establece entre los policías así como sus respectivas personalidades son tan atractivas como creíbles dentro del marco establecido previamente.
Lo que desencadena todo lo que va a continuación es un doble asesinato con toda la pinta de ser un ajuste de cuentas del narcotráfico, pero una cosa lleva a la otra y nos encontramos interesándonos por una serie de fallecimientos vulgares, exhumando tumbas, persiguiendo a un gato andarín, analizando el elixir de la vida eterna y, en definitiva, siguiendo el rastro de una Sombra. 
Tenemos pues una gran variedad de ingredientes perfectamente cohesionados, que se combinan en las dosis justas, con muchos elementos despistantes, todo lo cual garantiza una lectura de lo más entretenida y que, contrariamente a lo esperado, invita a la reflexión.

En colaboración: Los cuatro ríos

jueves, 20 de abril de 2017

Edith Wharton: La solterona

Idioma original: Inglés
Título original: The old maid (The fifties)
Traducción: Lale González-Cotta
Año de publicación: 1922
Valoración: Muy recomendable

Nueva York. 1850. Unas pocas familias de ilustres apellidos ocupan lo más alto de la pirámide social. Personajes que viven en una plácida opulencia, en una existencia marcada a fuego por el conservadurismo y por la influencia de las convenciones sociales.

Y Edith Wharton es testigo de todo esto. La Wharton sabía de lo que hablaba. Ella procedía de una de esas familias y hubo de enfrentarse, en cierto modo, a esa sociedad que la rodeaba.

El conflicto que se plantea en "La solterona", como no podía ser de otra manera, es la eterna dicotomía entre el "querer" y el "deber", entre la propia voluntad y las convenciones sociales. Dos personajes femeninos antagónicos, que recorren caminos opuestos en su forma de enfrentarse al mundo y a la sociedad en la que viven, protagonizan el relato: Delia Ralston (Lovell de soltera) y su prima Charlotte.

Un desliz de juventud de Charlotte provoca que acuda a su prima Delia en busca de ayuda. Y esta se la proporciona, aunque a cambio de una renuncia. Aclaro que esta renuncia no es impuesta por Delia sino por el entorno social.

Esta renuncia marcará para siempre a los personajes y su relación. La relación se verá atravesada por todos los sentimientos humanos: los celos, los remordimientos, el desdén, el rencor, la amargura, la ternura, el cariño, etc y los personajes evolucionarán de manera totalmente diferente ante los distintos sentimientos que van aflorando a lo largo de la relación: una con la sensación de haber llevado una vida echada a perder, la otra renunciando a la posibilidad de una vida apenas entrevista. 

En fin. Una pequeña novela que destaca, fundamentalmente, por el análisis de la psicología femenina de la época, por la construcción de los dos personajes principales y por cómo Wharton es capaz de hacer ambas cosas con gran elegancia y sensibilidad. Un novela, en suma, altamente recomendable y plenamente vigente en la actualidad, pese a haber transcurrido casi cien años desde su publicación.

Por cierto, por si a alguien le interesa, hay película basada en el libro. En España se tituló "La solterona" y está protagonizada por (los hipnóticos ojos de) Bette Davis.

También de Edith Wharton en ULAD: La edad de la inocenciaDespués

miércoles, 19 de abril de 2017

Wajdi Mouawad: Litoral (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Littoral
Año de publicación: 1999
Valoración: muy recomendable

Considerado uno de los grandes dramaturgos actuales, y autor asimismo de la inmensa novela «Ánima» (reseñada también en este blog), Wajdi Mouawad empezó su obra centrándose en el teatro. Nacido en el Líbano, tuvo que exiliarse a los ocho años con sus padres a Canadá a causa de la situación civil y militar en su país de origen. Este hecho le marcó profundamente hasta el punto que gran parte de su obra tiene como elementos nucleares el conflicto, la búsqueda de las raíces familiares, los orígenes y el desarraigo. Todos estos elementos son claramente visibles y comunes en «La sangre de las promesas», conjunto de cuatro piezas teatrales formadas por «Litoral», «Incendios», «Bosques» y «Cielos». A pesar que a veces la lectura de teatro puede suscitar recelos por ser un formato ideado para ser representado y no leído, cabe decir que Mouawad es un autor altamente narrativo y su literatura es tan amena que uno no tiene la sensación de estar leyendo teatro. Dicho esto, empezamos con la reseña de la primera de las obras de la tetralogía: «Litoral».

La obra empieza con la visita de Wilfrid a un juez para contarle que su padre ha muerto. En ese momento, mediante una serie de flashbacks, retrocedemos hasta el momento en el cuál Wilfrid es informado del suceso y de cómo acude a la funeraria con la intención de enterrarlo al lado de su madre. Ahí se encuentra con el resto de su familia por parte materna, quienes le criaron de pequeño cuando su padre le abandonó y quienes ahora, por la poca estima que sienten hacia su padre,  se oponen a que sea sepultado junto a su madre en una decisión que Wilfrid no entiende. De esta manera, Wilfrid debe tomar una decisión sobre donde enterrarlo, ante la negativa familiar. Su dilema se resuelve de pronto cuando le informan en el depósito de cadáveres que su padre llevaba una maleta al fallecer y que contiene una serie de cartas dirigidas a él. A partir de ellas, descubre el pasado de sus padres y toma la decisión de acudir al juez para solicitar la expatriación de su padre y enterrarlo en el país donde ha vivido durante los últimos años.

De esta manera, en forma de fábula, Wilfrid emprende un viaje con el objetivo de encontrar el lugar adecuado donde darle sepultura. Adentrándose en el pasado de su padre va descubriendo quién era en realidad y le permitirá descubrir quién es él mismo, de dónde procede y cuáles son sus raíces. Como si de un cuento se tratara, Mouawad nos lleva a un territorio habitado por múltiples personajes que componen un universo de voces y reflexiones sobre la fragilidad de la existencia, sobre en qué consiste la vida y la muerte. Superando adversidades, toma consciencia de la necesidad de crecer y emprender su propio viaje, abandonando aquello a lo que se aferraba y evitaba que afrontara la realidad. Se trata por tanto de un viaje dual, físico e introspectivo, para hallar su lugar en el mundo y saber quién es realmente.

Hay aspectos de su obra que pueden añadir confusión o recelo en lectores no acostumbrados al autor. Abusa en cierto modo de los episodios oníricos, escenas algo confusas como la inclusión del rodaje de una película mientras transcurre la acción (especialmente en el inicio del libro, algo caótico). Este hecho puede que distancie al lector y sea su aspecto menos logrado. De todos modos, el hecho de simultanear la narración estableciendo una doble capa o superposición de historias es algo habitual en Mouawad y es, a mi parecer, un pequeño peaje que hay que pagar para disfrutar de su obra. Es como si, para reducir carga emocional, el autor nos quiera distanciar de vez en cuando para que tomemos aire y recuperemos terreno, en un acto de resiliencia contra la carga emocional que nos transmite.

Aún así,  Mouawad es hábil en la construcción de los personajes y en tejer la compleja personalidad de los mismos. Con el punto de mira siempre presente en las raíces de nuestra existencia, la clave retrospectiva es utilizada para recuperar la esencia de lo que somos y a qué debemos nuestra personalidad. Hay ciertos aspectos nostálgicos en su obra así como atisbos de redención, como si quisiera eximir la responsabilidad de nuestra forma de ser por las acciones realizadas por nuestros antepasados. Aquello que nos compone de forma nuclear son nuestras raíces pero somos nosotros quienes nos moldeamos aunque, en el fondo, nuestras inquietudes y preocupaciones no disten mucho de las de nuestros antepasados.

Como en toda obra de Mouawad hasta la fecha, la tragedia está presente en sus narraciones dotadas con aires de tragedia clásica. Probablemente ésta es la mejor forma de encontrar los hilos que tejen nuestros sentimientos, y tirando de ellos en forma de recuerdos podemos encontrar qué se oculta detrás de la madeja de nuestra apariencia. La nostalgia y la búsqueda de los orígenes envuelven la obra de Mouawad y no rehúye la tristeza si ésta va acompañada de un punto de esperanza. La crudeza y análisis de Mouawad nos lleva hasta un punto donde se puede salir pero únicamente siendo otro. Sus escritos siempre impactan, nos cambian, nos entristecen y nos sorprenden. Nos acompañan a ese punto íntimo, casi desconocido de nuestro interior, del cual salimos tocados pero aún así indemnes. A pesar de la oscuridad existente en cada una de sus obras, transmite una clara obsesión por aferrarse a la vida, por dotar del punto de optimismo en vencer que yace en toda lucha. Por todos estos aspectos, Mouawad es uno de los grandes, no únicamente por lo que escribe sino por cómo consigue que su mensaje nos llegue.

Como apunte final, a pesar de que el libro tiene su edición en castellano he optado por escoger la portada de la gran edición en catalán a manos de «Edicions del Periscopi» donde en un solo volumen se aglutinan las cuatro obras que componen la tetralogía de «La sangre de las promesas». Asimismo, incluye un prólogo escrito por el director teatral Oriol Broggi, quién ha llevado al teatro gran parte de sus obras. La edición realizada por la editorial es digna de mención y de una belleza digna del escritor.

También de Wajdi Mouawad en ULAD: Ánima

martes, 18 de abril de 2017

PoetiZoom: La tierra baldía, de T. S. Eliot

Idioma original: inglés
Título original: The Waste Land
Año de publicación: 1922
Traducción: Juan Malpartida
Valoración:  work in progress


No podíamos dejar pasar otro mes de abril sin reseñar el poema que comienza con estos versos, unos de los más célebres en lengua inglesa:

             Abril es el mes más cruel, hace brotar
             lilas en tierra muerta, mezcla
             memoria y deseo, remueve
             lentas raíces con lluvia primaveral.


¿Precioso, verdad? Pues que sepa cualquiera que se anime a leer La tierra baldía que a partir de aquí no va a entender NADA; se va a encontrar con 434 versos sin pillar ni papa, amigos... Bueno, de acuerdo, estoy exagerando bastante (o sólo un poco) en un  indigno intento de captar su atención lectora; en realidad, sí que es un poema "comprensible"... al menos si tomamos por separado cada uno de los fragmentos en que podemos dividirlo. El significado del conjunto, en cambio, resulta más oscuro y enigmático. Aunque ahí está la gracia del mismo, cabe añadir...

Vayamos por partes: este largo poema -se ha calificado como "elegía", no sin razón- se compone de cinco episodios de extensión y carácter irregular: El entierro de los muertos, Una partida de ajedrez, El sermón del fuego, Muerte por agua (el más corto) y Lo que dijo el trueno. Ahora bien, casi todos ellos tampoco guardan demasida coherencia interna y tanto el tema como el estilo de sus versos oscilan desde la oda al cíclico paso del tiempo (uno de los asuntos principales de los que trata el conjunto del poema, creo yo) a la nostalgia de las épocas pasadas -e idealizadas-; del perfumado estilo simbolista (a Eliot le encantaban los poetas franceses de esa tendencia) a la vulgaridad casi soez; del costumbrismo contemporáneo a las ensoñaciones clásicas o legendarias... El poema está escrito , casi huelga decirlo, utilizando una técnica de collage a la que no es en absoluto ajena una obra en prosa publicada ese mismo año de 1922, aunque unos cuantos meses antes: el Ulises de Joyce. De hecho, Eliot fue un gran admirador de esta novela y siguió con entusiasmo las entregas que precedieron a su publicación como libro. En cuyo proceso tuvo que ver, además, otro poeta que, al parecer, también fue quien dio el tijeretazo final al poema de Eliot para dejarlo en su forma definitiva: el ínclito Ezra Pound.

En cuanto a otras cuestiones formales, esta obra es de verso libre -como es previsible-, lo que no quiere decir que no haya versos que, de vez en cuando, rimen ... por más que algunas de estas rimas resulten un tanto ratoneras... (lo siento, Sr. Eliot).

Más peliagudo, me temo, es dilucidar el significado del poema:  el propio Eliot comentaba, al parecer (supongo que en broma), que ni él mismo entendía lo que había escrito.... En cualquier caso, las interpretaciones son múltiples; ya he mencionado que, en mi opinión, es un canto al paso del tiempo y sus ciclos; también una elegía sobre la pérdida de un mundo, inevitablemente idealizado, anterior a la Gran Guerra y la industrialización -no olvidemos que T. S. Eliot era un manifiesto conservador-; por otra parte, hay frecuentes alusiones a la pulsión sexual y los ciclos reproductivos, inspiradas, según cuenta el propio autor en sus notas adjuntas al poema, en los ritos que recoge Franzen en La rama dorada, un libro que gozó de gran predicamento a comienzos del siglo XX y aún después...

Por último y sobre todo, La tierra baldía es una composición lírica enigmática y poderosa, que nos brinda, como mínimo, momentos de gran intensidad poética, además del fascinante secreto que nos sugieren su intención e interpretación (que no tienen por qué  coincidir). Quizás sea eso en lo que resida el espíritu de cualquier verdadera obra de arte, después de todo: q y e nos llegue a plantear más preguntas que respuestas.




lunes, 17 de abril de 2017

George Sand: Un invierno en Mallorca

Idioma original: francés
Título original: Un hiver à Majorique
Traductor: Pedro Estelrich
Año de publicación: 1842
Valoración: recomendable (salvo si eres mallorquín)

Siguiendo con las obras de narrativa de viajes a las que me he dedicado últimamente, hoy le toca el turno a este Invierno en Mallorca de George Sand, alias de Amandine Aurore Lucile Dupin, una de las escritoras más relevantes e influyentes del panorama literario y artístico del siglo XIX francés, y una personalidad al menos tan interesante como sus obras. Autora de una amplia producción narrativa, así como de una influyente crítica literaria, George Sand narra en esta obra el invierno que pasó en la isla balear junto con Chopin, compañero en aquel momento de la escritora, y sus dos hijos.

Y la verdad es que se quedó a gusto: a George Sand la isla le pareció inhóspita, poco civilizada, mal servida de productos básicos de comida, sucia, mísera; y sus habitantes, seres atrasados, tacaños, bruscos, cerrados, supersticiosos. Llega a decir, literalmente, que son poco más que animales en cuerpos humanos, y critica tanto sus olores como sus costumbres, su falta de higiene tanto como su falta de prodigalidad. A su llegada a la isla no tienen dónde alojarse; nadie quiere alquilarles o prestarles muebles; y cuando se enteran de que uno de sus hijos (en realidad, Chopin) puede tener tisis, los expulsan y los aislan, de forma que tienen que alojarse en una cartuja abandonada. Y aun allí, la única preocupación de los "indígenas" parece ser extraerles todo el dinero posible. Solo algunos paisajes y algunos monumentos (la mayoría, en ruinas) se salvan de la crítica implacable de la autora, que también tiene palabras elogiosas para el ministro Mendizábal, promotor de la desamortización.

(Por supuesto, esta no era una actitud única ni extraordinaria en los viajeros románticos que venían a España o a Portugal; los viajeros británicos, por ejemplo, eran conocidos por su capacidad para no mezclarse con los habitantes nativos, no aprender su lengua y despreciarlos como seres atrasados y salvajes. Hay cosas que cambian poco con el paso del tiempo...)

Con todo, pesar de esta dureza en el juicio de sus huéspedes, Un invierno en Mallorca se lee con cierta simpatía, en gran parte debido al sentido del humor algo cruel de George Sand. Sus comparaciones, descripciones irónicas o estampas ridículas (como cuando los lugareños descubren una oca y piensan que es un animal extrañísimo) entretienen y divierten al lector. Por otra parte, como pasa con muchas otras obras de narrativa de viajes de esta época, Un invierno en Mallorca tiene algo de collage que salta alegremente la línea que separa la ficción de la no ficción: la narración concreta y (suponemos) más o menos verídica de las condiciones del viaje de la familia, se alterna con la inclusión de fábulas, digresiones históricas, descripciones de monumentos y paisajes, e incluso con la citación explícita de documentos anteriores en los que se basó la autora. Así, a medida que leemos nos encontramos con un texto complejo y variado que va mucho más allá de ser un simple "diario de viaje" o una descripción geográfico-etnográfica de la isla.

Como decía al inicio, es normal que a los mallorquines, y a los baleares en general, no les sentara muy bien esta obra; por mucho que la Mallorca actual ya no sea la misma que la del siglo XIX, a nadie le gusta que desprecien a nuestra patria chica. De ahí que el menorquín Mario Verdaguer publicase en 1959 una novela titulada Un verano en Mallorca, que es una respuesta satírica a la obra de George Sand. Habrá que leerla, a ver qué tipo de venganza se toma con la escritora francesa...